¿Quién y cómo se reformará la suerte de varas?
EL SENSATO INCONFORMISTA
Por José Carlos Arévalo / Foto: Mauricio Berho
Yo empecé a ver toros en Las Ventas cuando era un chaval, en los años 50 del siglo pasado. Y entonces el toro era en romana, pitones y trapío la mitad del que ahora se lidia en la misma plaza y, sin embargo, tomaba habitualmente tres varas, las que prescribía el reglamento. Además, no siempre tenía la edad cumplida y, por supuesto, siempre había comido menos y peor que el toro de ahora. Obviamente, en el campo se movía si la comida estaba lejos del agua. Y, por supuesto, no había corrido en tauródromo alguno, entre otras cosas porque Juan Pedro Domecq entonces era un chaval como yo y le faltaban unos cuantos años para inventarlo. De modo que aquel toro hoy no pasaría el reconocimiento en ninguna plaza de primera y en poquísimas de segunda, pero recibía los tres preceptivos puyazos que ordenaba el reglamento con una puya más grande que la actual y con el mismo siniestro diseño que el de la actual.
¿Y se sabe por qué? Porque un puyazo de hoy equivale a tres o cuatro puyazos de entonces. Porque el toro era menos bravo y se entregaba mucho menos en su empuje contra un peto sin embargo más acogedor, de borra, que facilitaba el romaneo, y un caballo de picar muy frágil, un jamelgo flaco y terminal, que pesaba entre los 450 y 500 kilos. Consecuentemente, el picador empleaba el 80 por ciento de su empeño en defenderse y defender a su montura, y el 20 por ciento restante en picar al toro. Y eso era bueno. En tres ocasiones, el toro dice más de sí mismo que en una. Al torero que lo va a torear y al ganadero para su futura selección.
La suerte de varas empezó en los primeros años 40 a perder el equilibrio que logró el año 1928, cuando el general Primo de Rivera impuso el peto con la tibia oposición de los matadores y la más notoria, aunque solo de boquilla, de los picadores. Ambos se dieron cuenta de que la lidia había adquirido redondez con los tres tercios igualados en duración y brillantez, y de que el toro, en su empeño contra el peto, revelaba al torero y al ganadero, más y mejor los caracteres de su bravura o de su mansedumbre. Y pronto se comprobó que el arte de torear con el capote había adquirido una belleza inusitada (Cagancho, Curro Puya, Victoriano de la Serna, Domingo Ortega, Manolo Bienvenida, Luis Castro “El Soldado”, Fernando Domínguez, Mario Cabré, Manolo Escudero…), así como la bravura inició una evolución de una rapidez tan firme como insospechada que, a pesar del tremendo avatar de la guerra civil, se vió confirmada en los primeros años de la postguerra.
Bajo un punto de vista ético el salto fue más radical de lo que siempre se ha dicho. Porque el caballo, ya en el alba de los tiempos, fue el fiel compañero del hombre en el trabajo, el juego y la guerra. Hasta el punto de jerarquizarlo socialmente como “caballero”. En los juegos taurinos nunca se había degradado al caballo. Tampoco en los inicios de la última y más compleja tauromaquia, la corrida moderna de lidia a pie. Antes de que Costillares dividiera la lidia en tres tercios y esta pasara a ser una narración dramática en tres actos, un método etológico que descubre los caracteres del toro en sus tres estados, levantado de salida, atemperado después de varas y avivado y centrado después de ser banderilleado, todavía entonces el varilarguero, como si oficiara una versión limitada del caballero en plaza, actuaba a su antojo, incluso en tiempos de Curro Guillén, el primer gran organizador de la lidia.
Se supone que la suerte de varas puesta definitivamente al servicio de los objetivos marcados por la lidia, estimular la agresividad del toro y atemperar su embestida, se lleva a cabo en tiempo de Francisco Montes “Paquiro”, cuando este incluye al picador en la disciplina de su cuadrilla, y entonces se normaliza la suerte de varas ya ejecutada a caballo parado, con enorme riesgo para el montado y un destino mortal para el equino. Tesitura coherente con los objetivos de la lidia: modulación de la bravura al servicio del toreo. Pero muy negativa para le ética de la lidia, siempre inatacable con respecto al animal: todas las suertes que se hacen con el toro, absolutamente todas, ya sean ejecutadas con la máxima prudencia, exigen que el torero se juegue la vida, siendo la última, la de matar, en la que el toro está supuestamente más entregado, la más potencialmente letal para el hombre.
Por el contrario, la suerte de varas a caballo parado, desde el principio de extremo peligro para el picador, supuso para el caballo de picar su inevitable entrega a la muerte, lo que rompió el código ético de la corrida y otorgó al antitaurino su único argumento inapelable. El error duró varias décadas, en las que, se diga lo que se diga, tan peligrosa suerte no cumplió con rigor los objetivos que se la adjudican: evaluar con precisión la bravura del toro. Que se midiera la bravura por el caballo o número de caballos que había matado el toro fue una broma tan aceptada en su tiempo como taurinamente inaceptable.
Nunca se ponderará lo suficiente la imposición del peto ordenada por Primo de Rivera. No sólo corrigió una lacra ética de la corrida en aquellos días muy sensibilizados en todo el mundo por el devenir del caballo -en la Gran Guerra se calcula que murieron 8 millones de equinos, y en el trabajo agrícola empezaban a ser sustituidos por la máquina-, sino que desmontó una campaña global contra la Fiesta durante al menos 70 años y, como ya he dicho, mejoró la evolución de la bravura y propició un salto hacia el toreo como hecho artístico.
Hay un largo período, entre 1928 y 1974, que mantiene los valores taurinos del primer tercio, en los que, a pesar del crecimiento del peto y menor trapío del toro, perdura la emoción y función de la suerte de varas. Pero a partir del año 74, la presión de los aficionados por un toro de mayor volumen, lamentablemente se tradujo en un toro de imparable mayor romana. Va de considerar bien rematado un toro de 500 kilos, hasta los años 70, al toro inapropiado para el toreo, con más de 600 kilos y unas defensas desproporcionadas siempre consideradas cornalonas. Impuestos kilos y cuernos por un sector de la afición madrileña bienintencionado, equivocado y con mando en plaza, más la servil obediencia del veedor de Las Ventas, abre el camino a una manipulación peligrosa contra el trapío natural del toro de lidia.
Tan lamentable deriva fue posible gracias a que las autoridades de la corrida cerraron los ojos, la crítica se llamó andana, y los jefes de las cuadras de caballos, horrorizados, iniciaron, sin control oficial alguno, la busca de un caballo con mayor altura y peso. Lógico, pero se excedieron y se lo permitieron. En el ruedo se vieron impresentables caballos de tiro y, aunque rectificaron los responsables del desaguisado e hicieron una de las aportaciones más importantes para el devenir de la lidia, el caballo cruzado y domado para picar, poco apreciada por la falta de equilibrio de su desmedidos peso y volumen, un desajuste técnico y ético del toreo degeneró el primer tercio con las siguientes consecuencias:
Lo primero que hace en el ruedo el toro mejor criado de la historia, con mayor volumen y más grandes defensas, es perder la partida, recibir un largo puyazo por culpa de la entrega a que le obliga su superior bravura, y, por consiguiente, ser perdonado en la segunda vara. Su desprestigio en el tendido resulta obvio: lo ajustado es norma ineludible del toreo.
El toreo de capa, antaño largamente desarrollado, pierde sitio y opción a expresarse con el monopuyazo. La supresión del quite es notable en plazas de primera y casi absoluta en el resto.
La suerte de varas deja ser suerte, pues se ejecuta en aparente y a veces real impunidad. Único caso en todo el toreo y de ahí que los públicos piten incluso cuando la “suerte” está bien realizada. El público de los toros no acepta el toreo impune, ejecutado sin ética.
La pérdida del equilibrio logrado en los años 30, logrado entre los tres tercios, en brillantez artística, cabal emoción y función lidiadora, consigue que el primero se haya convertido en un tercio burocrático al servicio del último.
La prueba irrefutable de todo lo dicho la demuestra cómo varió el quite en el primer tercio. De haberse hecho siempre al picador y a su montura en peligro, ahora se hace al toro -muchas veces torazo-, víctima de la violencia impune del montado, lo que provoca la insólita pero lógica identificación del público con el toro, por pasar este de ser un emisor de peligro a receptor de una violencia infligida impunemente, lo que contraría le ética inobjetable de la lidia, siempre legitimada por la solidaridad del coro taurino con su semejante en peligro, el torero. Porque siempre, en los tres tercios, el torero, a pie o a caballo, es el receptor de la violencia del toro.
No fue un torero, ni un ganadero, ni periodista taurino, sino un inteligente espectador de la corrida, el filósofo Ortega y Gasset, quien dijo: “En el toreo, lo ajustado es lo justo”. La evolución de la suerte de varas demuestra la razón que asiste a la frase orteguiana. Primero denuncia el desajuste en contra del jinete y su montura (desde la sustitución del varilarguero por el picador hasta la reglamentación del peto), luego su ajuste, ni a favor del toro ni del picador y su caballo (desde 1928 hasta 1974), y, finalmente, su desajuste en contra del toro (desde 1974 hasta hoy).
Y ahora viene la pregunta del millón: ¿Quién y cómo se reformará la suerte de varas? El interrogante es tan peliagudo que plantea otras preguntas: ¿La reformará una de las Comunidades Autónomas a las que el Gobierno central ha traspasado la patata caliente de la Fiesta? ¿Tienen ahora las autoridades de la corrida el conocimiento técnico de la lidia, como lo tuvieron antaño? ¿Por qué el sector taurino, que sí tiene profesionales con suficiente experiencia, no puede hacerlo? Y, finalmente, ¿por qué Morante, el único maestro, que yo sepa, que ha estudiado el problema, no da o no puede dar el paso definitivo? En todo caso, el periodismo taurino no se va a reprimir en estos tiempos paradójicos, con el regreso de los públicos a las plazas de toros y la amenaza peligrosísima de una reincidente ILP (Iniciativa Legislativa Popular), que de aprobarse en el Congreso sería el principio del fin de la Fiesta.
Como dice el tópico, seguiremos informando.